21.1.12

IN TIME? O TIME OUT?

Hay una película americana que está teniendo un éxito publicitario y comercial impresionante. Se llama “In time”. “A tiempo”, sería la traducción castellana más acertada. Sin revelar la trama para aquéllos que todavía no la habéis visto, se trata de una ciudad organizada alrededor del tiempo. Los hombres y las mujeres tienen marcado en sus brazos el tiempo de vida el cual se va agotando. No existe el dinero. Sólo el tiempo. Las compras son realizadas descontando el tiempo de vida del brazo. Incluso hay un banco del tiempo y la ciudad se estructura en barrios, los cuáles como es suponer hay algunos que pueden conseguir más tiempo de vida que otros. Y así surgen las mafias.

Las lecturas de este domingo III del tiempo ordinario presentan un problema que ha preocupado siempre desde los más antiguos a la humanidad: la cuestión del tiempo, el tiempo, a tiempo. La pregunta es: ¿ a tiempo? o ¿fuera de tiempo?. In time? o Time out? En este domingo la propuesta es vivir “a tiempo”, la oportunidad, el momento oportuno, la ocasión. ¿Para qué? Para adentrarse en el Reino y el Reino es Cristo, y es Buena Noticia sin que sea una Eufórica Noticia. Buena Noticia es el mensaje bueno de quien a hecho eso que dice: Cristo, donación del Padre, dándose cumplimiento a su mensaje de humanidad.

Primer punto: el tiempo es la oportunidad de lo posible. El cumplimiento de la promesa y del tiempo. Y lo primero que nos preguntamos en este domingo es: ¿de qué se trata el cumplimiento? Cumplir una cosa es llenar una realidad vacía, ausente de alguna cosa, para que sea plena y obteniendo así su finalidad. Un ejemplo: cumplir un trabajo. Con un trabajo yo estoy llenando una realidad vacía de ese servicio y llenándola con este servicio aunque sea pagado, la persona se realiza. En España sabemos almenos, que la crisis ha aumentado los parados, y esto provoca fracasos de tanta gente con estudios y sin ellos, y no se ve realizada. Es un ejemplo para comprender qué es el cumplimiento: llenar una realidad vacía, y así dándole un sentido y obteniendo la finalidad para la cual se llena. Si lleno un vaso de agua, se obtiene la finalidad para la cuál es creado el “objeto” vaso: para que sea llenado.

La realidad, nuestra historia, nuestro día a día, está llamada a ser “llenada” del Reino para humanizar lo que Dios en Jesús Cristo nos ha venido a decir y a hacer. Y así dar sentido a la historia y al hombre: creados para servir y amar. Protagonistas de la historia y no simples espectadores. Protagonistas de nuestro día, de lo que vemos y de lo que oímos, de lo que decimos y de lo que hacemos. Por eso, el tiempo se ha cumplido. No un tiempo de una hora o de un segundo en concreto. No es el tiempo del reloj sino más bien “el momento oportuno” se cumple, la posibilidad del Reino se puede dar, se puede construir. No es una ilusión mágica. Es real. La vida debe ser “llenada” del Reino, debe ser empapada del Evangelio, de la Buena Noticia y no olvidemos que así comienza el evangelio de Marcos: Buena Noticia de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (Mc 1, 1). Así, cuando decimos que la vida debe ser rellenada del Evangelio estamos diciendo no sólo de unos valores sino de una persona: nuestra vida “llenada” de Jesús, el Cristo.

De esta manera, reconocemos nuestra sed de Él, nuestro vacío para que sea llenado por Él. Un decálogo de 10 vacíos podrían ser:

1. Vacío de libertad y de responsabilidad

2. Vacío de razón

3. Vacío de humanidad

4. Vacío de sentido

5. Vacío de realidad

6. Vacío del prójimo

7. Vacío de posibilidad

8. Vacío de transformación

9. Vacío de pasión

10. Vacío de resurrección

Segundo punto: el Reino está cerca, el Reino está entre vosotros, y el Reino es Cristo y lo que se desprende de Él. Elegirlo a Él es elegir una opción de vida por el Reino, de una cierta manera, profundamente y para siempre. Es así que llegamos a nuestro tercer punto, la conversión: el cambio hacia lo profundo porque lo elegimos a Él, a su manera.

Tercer punto: la conversión. El libro de Jonás es sugerente en este sentido. Nínive está llamada a “levantarse” (signo de la resurrección), a transformarse, a no dejarse resignar. Nínive es la contra-figura de Sodoma y Gomorra. Mientras Sodoma y Gomorra se ve convertida en cenizas por toda su inhumanidad, Nínive se transforma, se convierte, cambia, cree en la posibilidad de la promesa.


La cuestión de este domingo es clara: ¿a tiempo? o ¿fuera de tiempo? Jesús muestra ese tiempo oportuno, de la posibilidad, del cambio. Vivir a tiempo la posibilidad y no en el contratiempo del vacío.

14.1.12

HABITAR

Dice san Agustín: “sed lo que veis y recibid lo que sois” refiriéndose a la Eucaristía. Y san Pablo nos lo recuerda: ser miembros del Cuerpo de Cristo o Templos del Espíritu. Quizás estas expresiones quedan un tanto barrocas pero tienen una fuerza de lo que significa nuestra fe: estar con Él, habitar con Él. El Espíritu del Resucitado es el primer catequista, en este sentido. No tanto porque Él nos enseña sino porque en su sentido originario y original el Espíritu hace resonar en nosotros lo que somos. Él hace posible el encuentro y la interioridad. A este punto, es muy sugerente el icono de A. Roublev “La Trinidad”. Un fuerte icono de carga simbólica. Hay una expresión sorprendente entre los tres ángeles, las tres personas de la Trinidad en su diálogo de amor. Situados entorno de una mesa y de un cáliz donde se encuentra un cordero. El ángel de la derecha, testimonio del Espíritu, no mira a nadie, él es silencio. Él es la resonancia del diálogo entre el Padre y el Hijo. Es toda una invitación a la “inhabitación”, a habitar con Él. En otro sentido, se trata de la participación al Cuerpo de Cristo. Así lo pedimos en la plegaria eucarística después de las palabras de la narración institucional.

Es la fuerza de la Palabra en este II domingo del Tiempo Ordinario. Tantas veces vemos lo ordinario como rutinario y como una gran carga en nuestras vidas. Lo ordinario puede resultar esa piedra que lastra nuestra vida. Siempre lo mismo. Sin chispa. Sin novedad. Sin embargo, la novedad existe siempre, ella está allí, en lo ordinario. Es la invitación a vivir lo ordinario como extraordinario. Y alguien dirá: ¡qué fácil decirlo cuando es difícil vivirlo! Claro está. Ahí está la ocasión y la posibilidad de realizarlo cada uno en su momento. Por eso, después de unas fiestas de Navidad vividas más o menos con intensidad, lo ordinario nos adentra a percibir las sutilezas de la humanidad de Jesús en su camino de mostrar al Padre y su deseo de humanizar lo humanizable o como dicen en Oriente: divinizar al hombre. Darle un sentido de vida, vida en abundancia, de sentido y de significancia a lo que somos y, en consecuencia, en lo que hacemos. Es el deseo de Dios de adentrarnos en ese icono mencionado un poco más arriba, adentrarnos a participar en la vida de Dios, de encuentro y de interioridad. De mirar la vida más allá de los estragos y los estados críticos, más allá del cansancio y soledades desesperantes.

a) De Juan a Jesús: “He aquí, el Cordero de Dios”

Jesús se encontraba allí y Juan dice. Quiero detenerme en esos dos tiempos verbales. “Se encontraba” al imperfecto, algo pasado pero que queda, que continúa. Y “dice” al presente, ese momento actual, posible, del “ahora”. Dos tiempos que se encuentran en Juan y en Jesús. Y Juan vio a Jesús. No es simplemente el ver pasar las cosas superficialmente. Al contrario, se trata de “ver” como mirada profunda de quien se queda embobado, empapado, maravillado por lo que ve. Hay una intensidad visionaria. Concentración de la visión en Él, en aquél que comienza a llevar a la plenitud su misión y que interpela, maravilla a otros a seguirle. Y así fue, “lo siguieron”. Ése “lo siguieron” muestra hombres en búsqueda. Y estar en búsqueda no es fácil. Ni tan sólo consiste en continuamente cuestionarse el porqué de las cosas. Estar en búsqueda es un actitud de fondo. El mundo late con fuerza. Estar en búsqueda es salir de nuestro ser atomizado por las ocupaciones individuales para ir a una pre-ocupación por el o(O)tro. La única referencia no es la propia imagen sino el icono de la alteridad.

Y aquí es donde radica el ser profundo de las cosas, el preguntarse porqué, cómo, quién. ¿Habrá respuestas? Puede ser que sí o puede ser que no. Lo fundamental es vivir con esta tarea.

¿Y de qué se trata? De una búsqueda espiritual que no espiritualista. Una búsqueda del deseo de Dios presente en nuestra humanidad y redondez del mundo. Una búsqueda inagotable, sin problemas de sequedad. El agua nos la da Él presente en el pozo de la vida-siguiendo el icono de Jesús y la mujer samaritana narrado en el evangelio de San Juan-. Es difícil la tarea de buscar cuando nuestra realidad es querer controlar y conocer la finitud de la vida. Es difícil la tarea de buscar cuando nuestra realidad es vivir un carpe diem entendido en la no preocupación por un proyecto de vida. Es difícil la tarea de buscar cuando uno se encuentra satisfecho de todo y, a la vez de nada. Entonces, ¿para qué buscar?, ¿cómo crear la necesidad de búsqueda?

Estar en búsqueda es reconocer la gloria de las propias limitaciones como afirma San Pablo. La búsqueda del deseo de Dios nace justo cuando nuestra autonomía no coincide con la autosuficiencia sino cuando reconocemos que somos “imagen y semejanza” pero no únicos.

b) “Venid y lo veréis… y ellos se quedaron”

La pregunta “Qué buscáis” nos muestra dos aspectos. En primer lugar, la iniciativa viene de Jesús. No lo olvidemos. Él siempre se encuentra en ese camino y saliendo de allí nos pregunta. Él da el primer paso. Resuena la pregunta del Resucitado en Jn 20, 15 a la Magdalena: “Qué buscas”. En los dos casos, se busca algo equivocado: un lugar físico. Por eso, la respuesta de Jesús es: Venid y lo veréis. Venid, otra vez ese verbo tan importante en el evangelio de Juan: mirada profunda del creyente. Es como decir: Creed en mí. Estad conmigo.

c) Jesús y Simón Pedro

Encuentro particular, de persona a persona. Pedro, la “Roca”, metáfora a lo largo de la literatura sapiencial (cf. Salmos). Y Jesús da una palabra, un nombre. Él nombra: ese acto creador (cf. Génesis) y nombrando crea, dando el espíritu de vida, vida nueva. Dando vida.

Quizás hoy, las palabras de San Agustín no quedan tan lejanas: “sed lo que veis y recibid lo que sois”: el Cuerpo de Cristo. Él mismo. Sin más y sin menos. Esencia de nuestra existencia.