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| "La suite Grünewald" von Gérard Titus-Carmel |
"Pacem in terris", paz en la tierra.
Éste era el gran deseo, la gran motivación y el fulminante trabajo del ahora
beato Juan XXIII. No era la pretensión de aquel profundo Papa dulcificar el
conflicto, no era la pretensión consolar la tierra ensangrentada de muros entre
unos y otros. Hubiera sido demasiado orgullo pretender esto o girar la cabeza a
lo que sucedía en aquellos tiempos. El deseo de Juan XXIII se traduce en una
acción: una encíclica con ese nombre y el luchar toda su vida en dignificar a
los hombres y las mujeres: la visita a la cárcel de Roma en Navidad, el saludo
por la noche desde su ventana, los diálogos entre comunistas y americanos,
entender la curia romana, mediar con cardenales, abrir puertas, universalizar
la fe, darle profundidad y desvelar la acción y el sentido de ser cristiano.
Pero no quisiera idealizar lo que no es idealizable. Ese canto "Pacem in terris" acompañó la vida
de Juan XXIII hasta su muerte y fue su gran legado. Yo la resumiría en una
frase: la justicia y la paz se abrazan en Cristo. Esta frase es el mensaje de
la palabra escuchada hoy, de la Palabra para ser escuchada, dicha y hecha en
nuestras situaciones. La podemos analizar en dos puntos:
A. Justicia y paz se
abrazan
El profeta Jeremías y la
carta a los Efesios insisten en este punto: Dios tiene el nombre de justicia y
trae la paz a la tierra. Son dos caras de la misma moneda, la acción de Dios es
justa y trae la paz. Pero hay que detenernos en estas dos palabras para no
mezclar lo que entendemos nosotros por justicia y por paz y atribuírselo a Dios
como si fuera el perchero donde colgamos lo que nos interesa. Por este motivo
hay que ahondar, profundizar como hombres y mujeres bíblicas que escuchan la
Palabra, la dicen y la realizan.
1. La justicia o es profética o mejor que no lo sea. Cuando pedimos justicia
para los demás, en realidad pedimos que el mal sea castigado con un mal. Esto
es lo que llamamos la justicia retributiva, es decir, una retribución, un
impuesto, que no reconcilia la persona con el mal que ha hecho. Tantas veces,
tenemos la idea de que la justicia de Dios es retributiva: castigará nuestro
pecado con una pena, es decir, el mal se responde con el mal. Pero la Biblia,
sabias y reveladoras palabras, nos muestra un Dios que está lejos de esta
justicia. Dios no es justo retribuyendo, respondiendo al mal con el mal. Al
contrario, la justicia de Dios es la respuesta al mal con el bien. Es lo que
podemos llamar la justicia profética. Profética porque anuncia un mensaje de
Buena Noticia que nos dignifica. Profética porque denuncia las dinámicas del
mal y del pecado de indignidades que nos alejan de lo que es Dios y de nuestra
imagen y semejanza a Él. Profética porque renuncia ese mal y opta por la
reconciliación y por el camino del bien. Por eso, la justicia de Dios es
profética.
2. La paz de la memoria combate el olvido de la anestesia. Todos sabemos que cuando
entremos en una operación nos ponen la anestesia, y ella nos hace dormir.
Después en el post operatorio, algunos tienen reacciones a esa anestesia. Así
es nuestra vida también. La paz no es anestesia. La paz no es olvido. La paz es
memoria. La anestesia nos hace dormirnos, un estado patente de dormición, allí
donde no sentimos nada ni a nadie. La paz trae consigo dos preguntas: ¿Dónde
estás? (Gn 3, 9), ¿Dónde está tu hermano? (Gn 4, 9). Su voz no cesa de alzarse,
de resonar, de retumbar en quienes se sienten profetas, aquellos hombres y
mujeres que sienten la voz de Dios y realizan la Palabra que se escucha entre
murmullos y entre la brisa sencilla, lejos de espectáculos. Alain Suied ya
lo dice:
"¿Qué es lo que resuena en el corazón
De la vida de los hombres?¿ Este ruido
Entre los sonidos, este ruido entre
Las miradas, entre los silencios?
¿Quién es quien se esconde
Y la vez se ve?
¿Quién es quien reviene?”
B. EN Cristo: preposición
de lugar
"Tu fe te ha
salvado, vete en paz", dice Jesús a la prostituta - entre tantas otras
gentes- quien ha mostrado mucho amor, menos que los testigos de esta escena y
de tantas otras ocupadas en criticar una acción de profundo amor, en el fondo
celosos que no se haya castigado a quien ellos creían que se debería haber
castigado. El Evangelio nos abre las entrañas de misericordia de Dios mismo en
Jesucristo. Removido por la multitud necesitada de palabras y acciones,
necesitadas de estar con El, entrañas de fecundidad, inaudita, expresión de su
divinidad.
EN es esa preposición que introduce un lugar, el Lugar real. Y el
Lugar es una persona, una interioridad. Cristo es la epopeya de Dios, de la
Creación a la Encarnación pasando por la Alianza, y de la Encarnación a la
Pasión y a la Resurrección. Cristo es una sorprendente lección de inteligencia,
de generosidad y de paciencia de lo que es realmente el amor donde la sabiduría
y la locura se entrelazan en una espiral sin fin.
Quizás esta semana
estamos invitados, y yo lo hago efusivamente, a acabar nuestras jornadas con la
última parte del salmo 22, haciendo memoria en nuestro días de cómo la justicia
y la paz se abrazan en Cristo, y si no ha sido así: enmendarse, y pedir la
gracia en el deseo de vivir ese abrazo tan necesario como justo.
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