Dice san Agustín: “sed lo que veis y recibid lo que sois” refiriéndose a la Eucaristía. Y san Pablo nos lo recuerda: ser miembros del Cuerpo de Cristo o Templos del Espíritu. Quizás estas expresiones quedan un tanto barrocas pero tienen una fuerza de lo que significa nuestra fe: estar con Él, habitar con Él. El Espíritu del Resucitado es el primer catequista, en este sentido. No tanto porque Él nos enseña sino porque en su sentido originario y original el Espíritu hace resonar en nosotros lo que somos. Él hace posible el encuentro y la interioridad. A este punto, es muy sugerente el icono de A. Roublev “La Trinidad”. Un fuerte icono de carga simbólica. Hay una expresión sorprendente entre los tres ángeles, las tres personas de la Trinidad en su diálogo de amor. Situados entorno de una mesa y de un cáliz donde se encuentra un cordero. El ángel de la derecha, testimonio del Espíritu, no mira a nadie, él es silencio. Él es la resonancia del diálogo entre el Padre y el Hijo. Es toda una invitación a la “inhabitación”, a habitar con Él. En otro sentido, se trata de la participación al Cuerpo de Cristo. Así lo pedimos en la plegaria eucarística después de las palabras de la narración institucional.
Es la fuerza de la Palabra en este II domingo del Tiempo Ordinario. Tantas veces vemos lo ordinario como rutinario y como una gran carga en nuestras vidas. Lo ordinario puede resultar esa piedra que lastra nuestra vida. Siempre lo mismo. Sin chispa. Sin novedad. Sin embargo, la novedad existe siempre, ella está allí, en lo ordinario. Es la invitación a vivir lo ordinario como extraordinario. Y alguien dirá: ¡qué fácil decirlo cuando es difícil vivirlo! Claro está. Ahí está la ocasión y la posibilidad de realizarlo cada uno en su momento. Por eso, después de unas fiestas de Navidad vividas más o menos con intensidad, lo ordinario nos adentra a percibir las sutilezas de la humanidad de Jesús en su camino de mostrar al Padre y su deseo de humanizar lo humanizable o como dicen en Oriente: divinizar al hombre. Darle un sentido de vida, vida en abundancia, de sentido y de significancia a lo que somos y, en consecuencia, en lo que hacemos. Es el deseo de Dios de adentrarnos en ese icono mencionado un poco más arriba, adentrarnos a participar en la vida de Dios, de encuentro y de interioridad. De mirar la vida más allá de los estragos y los estados críticos, más allá del cansancio y soledades desesperantes.
a) De Juan a Jesús: “He aquí, el Cordero de Dios”
Jesús se encontraba allí y Juan dice. Quiero detenerme en esos dos tiempos verbales. “Se encontraba” al imperfecto, algo pasado pero que queda, que continúa. Y “dice” al presente, ese momento actual, posible, del “ahora”. Dos tiempos que se encuentran en Juan y en Jesús. Y Juan vio a Jesús. No es simplemente el ver pasar las cosas superficialmente. Al contrario, se trata de “ver” como mirada profunda de quien se queda embobado, empapado, maravillado por lo que ve. Hay una intensidad visionaria. Concentración de la visión en Él, en aquél que comienza a llevar a la plenitud su misión y que interpela, maravilla a otros a seguirle. Y así fue, “lo siguieron”. Ése “lo siguieron” muestra hombres en búsqueda. Y estar en búsqueda no es fácil. Ni tan sólo consiste en continuamente cuestionarse el porqué de las cosas. Estar en búsqueda es un actitud de fondo. El mundo late con fuerza. Estar en búsqueda es salir de nuestro ser atomizado por las ocupaciones individuales para ir a una pre-ocupación por el o(O)tro. La única referencia no es la propia imagen sino el icono de la alteridad.
Y aquí es donde radica el ser profundo de las cosas, el preguntarse porqué, cómo, quién. ¿Habrá respuestas? Puede ser que sí o puede ser que no. Lo fundamental es vivir con esta tarea.
¿Y de qué se trata? De una búsqueda espiritual que no espiritualista. Una búsqueda del deseo de Dios presente en nuestra humanidad y redondez del mundo. Una búsqueda inagotable, sin problemas de sequedad. El agua nos la da Él presente en el pozo de la vida-siguiendo el icono de Jesús y la mujer samaritana narrado en el evangelio de San Juan-. Es difícil la tarea de buscar cuando nuestra realidad es querer controlar y conocer la finitud de la vida. Es difícil la tarea de buscar cuando nuestra realidad es vivir un carpe diem entendido en la no preocupación por un proyecto de vida. Es difícil la tarea de buscar cuando uno se encuentra satisfecho de todo y, a la vez de nada. Entonces, ¿para qué buscar?, ¿cómo crear la necesidad de búsqueda?
Estar en búsqueda es reconocer la gloria de las propias limitaciones como afirma San Pablo. La búsqueda del deseo de Dios nace justo cuando nuestra autonomía no coincide con la autosuficiencia sino cuando reconocemos que somos “imagen y semejanza” pero no únicos.
b) “Venid y lo veréis… y ellos se quedaron”
La pregunta “Qué buscáis” nos muestra dos aspectos. En primer lugar, la iniciativa viene de Jesús. No lo olvidemos. Él siempre se encuentra en ese camino y saliendo de allí nos pregunta. Él da el primer paso. Resuena la pregunta del Resucitado en Jn 20, 15 a la Magdalena: “Qué buscas”. En los dos casos, se busca algo equivocado: un lugar físico. Por eso, la respuesta de Jesús es: Venid y lo veréis. Venid, otra vez ese verbo tan importante en el evangelio de Juan: mirada profunda del creyente. Es como decir: Creed en mí. Estad conmigo.
c) Jesús y Simón Pedro
Encuentro particular, de persona a persona. Pedro, la “Roca”, metáfora a lo largo de la literatura sapiencial (cf. Salmos). Y Jesús da una palabra, un nombre. Él nombra: ese acto creador (cf. Génesis) y nombrando crea, dando el espíritu de vida, vida nueva. Dando vida.
Quizás hoy, las palabras de San Agustín no quedan tan lejanas: “sed lo que veis y recibid lo que sois”: el Cuerpo de Cristo. Él mismo. Sin más y sin menos. Esencia de nuestra existencia.
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