27.11.11

VELAD

Siempre que llega el Adviento no puedo dejar de olvidar ese cuento que me contaron cuando era pequeño. El zapatero siempre llega a mi recuerdo. El zapatero que en la noche a la luz de una pequeña vela chorreante de cera, sin más, sin nada más. Ese zapatero y en su vieja zapatería. Humildad, sencillez. Nada más. El zapatero eleva ese grito fuerte: Señor, mi Dios, ¡quiero encontrarte! ¿Dónde estás? Y del silencio, Dios responde: Hoy te visitaré. El zapatero enloquece de pasión. Nervios. Preparativos. La humildad del silencio de la noche se convierte en impaciencia por buscar el espectáculo de la venida de su Dios. Y el día comienza. Más, y más nervios. Y las tareas diarias comienzan. Un señor y una señora llaman a su puerta. El zapatero angustiado les atiende pero su mente y su corazón se encuentran eclipsados por la venida de su Dios. Les echa de forma brusca, él tiene que preparar un acontecimiento inaudito, inesperado, quiere prever todo, hasta el más insignificante de los detalles. La puerta llama. El zapatero quiere creer que es Él, el Dios que le ha anunciado su visita. Y se presenta un viejo conocido. No tiene tiempo. Preséntate otro día, por favor. Otro día. Oportunidad menospreciada. Oportunidad no reconocida. Y cierra la puerta. Esa puerta que espera estar abierta, se cierra. Más todavía, el timbre vuelve a sonar. Será Él, Él, ahora sí. Y el mendigo de todos los días le saluda. No, hoy no. Vuelve otro día, quizás mañana, ahora espero a Alguien inesperado. Y el día pasa, las horas y los minutos. Y vuelve la noche. El silencio de la noche más profunda a la luz de esa vela chorreante de cera. El zapatero decepcionado realiza la pregunta estremecedora: Señor, te he estado esperando, he querido prepararte tu visita inesperada, ¿por qué no has venido?, ¿por qué no estás? Y en la fina escucha del silencio de la noche, resuena en su interior la respuesta esperada: te he venido a visitar a lo largo del día, en las personas que han llamado a tu puerta. La visita inesperada de Dios es la visita esperada en lo que sucede en lo cotidiano.

Así es este tiempo litúrgico: una invitación a estar atentos a cómo Dios nos habla sin grandes espectáculos a lo largo de nuestras jornadas. La Palabra de este domingo nos lo recuerda.

a) Velad en el tiempo del presente

“Porque no sabéis cuándo el tiempo es” y “porque no sabéis cuándo el Señor viene”. Así son las traducciones del texto original en griego. En presente y no en futuro. Dos cosas acerca de cómo vivir el presente. En primer lugar, el problema del tiempo. El evangelio no utiliza la palabra ‘chrónos’ sino ‘kairós’. Perdonadme por esos tecnicismos pero resultan sumamente importantes. Chrónos es la palabra utilizada en griego para hablar del tiempo cronológico, fácil de medir por los minutos, los segundos, las horas, las estaciones, etc… Él era el dios griego que por miedo a ser destronado por uno de sus hijos, iba comiéndose a cada uno de ellos, devorándoles sin clemencia por ese miedo horrible a perder el poder, el status, la situación en la que estamos. El evangelio no se refiere a un tiempo medido, a un tiempo que calculamos, que prevemos con nuestra mentalidad práctica, tecnológica. Ipad’s, blackberrys, Iphone’s, nuestras agendas podrán controlarnos el tiempo cronológico pero no el tiempo del Kairós que el evangelio nos revela. Kairós es la palabra griega para designar ese tiempo oportuno, esa ocasión posible, esa posibilidad de apertura. Por eso el evangelio no cae en rutina ni el Adviento en otro tiempo a vivirlo y a pasarlo. Pasar de puntillas es lo típico del tiempo cronológico, que engulle que nos devora sin más sin ser hombres y mujeres de libertad, “arcilla” y obra de Dios. Vivimos en el tiempo cronológico del cansancio y de la desconfianza. Esto lleva al desinterés y a sobrevivir más que vivir. Y cuando uno se siente cansado, lo que viene es el insomnio. Ese estado de no imaginación ni de ocasiones de posibilidades abiertas. De aquí, el verbo insistente de este domingo I de Adviento: Velad. Algunas traducciones dicen “vigilad”. Velad es estar en vela. No es no dormir, como comprenderéis. Es aprovechar ese tiempo del “kairós”, estar receptivos en nuestro día a día a personas, acontecimientos y ver el paso de Dios en ellos. Por eso no sabemos el cuándo. Ya nos gustaría. Pero Dios no actúa así. Dios se presenta en el más fino de los silencios del día a día. Sin espectáculos (cfr. Historia de Elías, 1 Re 19, 9 ss).

En segundo lugar, “Velad”. Velar es tener la lámpara encendida, la mística de los ojos abiertos. Velar es esperar, es disponerse y no oponerse. Velar es un verbo, implica acción. Velar no es la espera aburrida y rutinaria. Velar implica que renuevo todo lo que hasta ahora creía, me dejo tocar el interior por lo que sucede en el día a día.

b) En la profunda noche hacia los destellos de lo que será el día

Por eso, la profunda noche (al atardecer, a medianoche) es el lugar de reconocer la obra del alfarero como dice el profeta Isaías. No podemos creer en espíritu y en verdad sino creamos el deseo de querer encontrar a Dios, de sentarnos ante una vela chorreante de cera como en el caso del viejo zapatero y contemplamos la vida vivida, la jornada pasada pero hecha presente en la memoria del día. Por eso la noche es el lugar del fino silencio, de la intimidad. Esa “soledad sonora” de San Juan de la Cruz en su cántico espiritual. No podemos resignarnos, hermanos y hermanos, a sobrevivir simplemente. El Adviento nos recuerda esa palabra “Velad” en el momento posible, en la ocasión que se os dará sin saberlo, sin buscarlo estratégicamente, sino gratuitamente.

Velad la vela de la esperanza

Velad la luz chorreante de la intimidad sonora

Sonidos de paso de Dios, sin espectáculos

Esperanza contra toda esperanza,

Posibilidad y no resignación.

Acoger el nacimiento del Dios vivo entre nosotros

Implica abrirse a la posibilidad, a la creatividad.

Velad, sostened el interior dado como obra de Dios.

El Lugar de los lugares para rastrear los pasos divinos

en los humanos. ¿Otro modo? ¿Por qué haberlo?