Todo texto sin contexto es un pretexto.
Podría comenzar la homilía de este domingo haciendo alusión al evangelio: la cátedra de Moisés, las largas filacterias que nos ponemos, la cátedra de San Pedro, las dalmáticas y casullas de los sacerdotes, las mitras de los obispos, el incienso anacrónico, las sotanas y los alzacuellos que para unos es signo identitario y para otros signo de ortodoxia eclesial. Y hablar de la Iglesia más humilde. Perdónenme, esto sería demagogia e ideología de mercadillo. Fácil de comprar pero difícil de que sea fecundo. Incluso podría acabar: señores fieles, reunidos en esta asamblea de domingo, no existen ni llamen padres ni a los sacerdotes, ni madres a las religiosas, sólo uno es nuestro Padre. Bastante ingenuo, a mi entender.
Sin embargo, me acabo preguntando: ¿ es que la liturgia de este domingo sólo habla de los sacerdotes, de sus títulos y de lo que hacen y dejan de hacer? La respuesta es más bien, no. El Evangelio siempre es inclusivo y no exclusivo. No hay temática específica, hay revelación para todos. Por lo tanto, esta forma de comenzar la homilía sería un pretexto del texto sin contexto.
La segunda opción podría ser comenzar la homilía de este domingo haciendo alusión al evangelio a partir de la frase: “el que se humille será enaltecido y el que se enaltezca será humillado”. Esta forma de comenzar de alguna manera sería sospechosa. Evitar el resto del texto es otro pretexto. Es evitar tratar la dureza de aspectos que el evangelio proclama. Por miedo, por ignorancia, por “mejor no interesa a la asamblea reunida en este domingo”. Y un largo etcétera. Este tipo de homilía podría conducir a una espiritualidad, perdónenme la expresión, naif. Demasiado espiritualista. E incluso, diría más, demasiado moralista: hacer una invitación a la humillación para ser enaltecidos, sin saber ni cómo ni por quién ni cuándo. Llenaría la homilía con frases más o menos bonitos que inflaran los corazones de los presentes, efluvios emocionales, sin que tocase verdaderamente la palabra de Dios incluso al salir de esta celebración y durante toda la semana. Por lo tanto, esta forma de comenzar la homilía sería otro pretexto del texto sin contexto.
Tenemos unos textos que tienen un contexto. Me explico. No sólo hablo de un contexto social, religioso y político del siglo I. Sino también el contexto en el cual los textos vienen proclamados en nuestro siglo XXI. Hay dos contextos del texto. El primero, el contexto en el cual fueron elaborados y el segundo, el contexto en el cual vienen proclamados. No es el mismo y por lo tanto la recepción de estos textos no es la misma.
En primer lugar: contexto lejano. El Evangelio de Mateo va destinado a una comunidad cristiana de antigua tradición judía. Su lenguaje es evidente: cátedra, filacterias, Rabbí o Maestro. El Dios de Jesús es el Dios que viene a cumplir las promesas de todo el Antiguo Testamento y, en consecuencia, a cumplir toda Ley. En este cumplimiento no hay anulación de las leyes, pero hay una insistencia a saber discernir qué es lo más importante: Dios debe ser el corazón y no una imposición. Dios invita a la desposesión y no a la imposición. En esta desposesión de lo secundario, de lo realmente relativo, lleva a posicionarse al lado del Cristo quien de condición divina se abajo hasta la muerte y una muerte en cruz para ser enaltecido con el fin que toda nación proclame, Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre como nos lo recuerda el himno espléndido de San Pablo a los filipenses. Por eso, las palabras de Jesús son un intento de purificar a aquellos que realmente hacían hacer a los demás lo que ellos no practicaban. Quiere purificar la hipocresía de los escribas, sacerdotes y fariseos. Pero la intención es de purificar la hipocresía de todos los oyentes de las palabras de Jesús. A ellos nos les habla en círculos privados o íntimos. Las palabras de Jesús tocan no sólo a quienes se dirige directamente sino también a toda la “gente indirecta”. Y aquí, nosotros ya nos incluimos.
En segundo lugar, el contexto cercano. Nosotros. El texto viene proclamado hoy y aquí. Nuestro contexto es muy complejo pero querría resaltar dos aspectos: el olvido y la sed de referencia. Estamos en un momento de nuestras sociedades donde olvidamos el pasado, olvidamos el rostro de los que más sufren, incluso más de nosotros. Nuestras preocupaciones creemos que son durísimas y no nos ponemos en la piel de aquellos que incluso lo están pasando peor. Hay un olvido de las victimas. Y a la vez, hay una sed de referencia, de alguien a quien dirigirnos, a quien ver, de quien la coherencia y la credibilidad nos alimenten. Por eso, el evangelio de hoy es una gran osadía, es alimento para este olvido y esta sed de referencia. La clave la da San Pablo a la comunidad de Tesalonicenses: el Evangelio de Cristo, la Buena Noticia de Cristo. Todo el Evangelio se condensa en la figura de Cristo. El sacerdocio no tiene sentido sin el Cristo, sea el común de todo creyente por el bautismo, sea el ministerial. Es el Cristo quien nos recuerda, primero Dios. La pasión por Él es la memoria. Y Él es el referente de todos nuestros criterios.
Ninguna devoción o práctica religiosa tiene sentido sin dirigir nuestro corazón, alma y espíritu por Él. Lo hemos proclamado el domingo pasado.
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