31.10.11

ACORDE DE SANTO

Sabemos que todo tipo de música, sea clásica o sea más alternativa, está compuesta de un acorde. Es la base. Do-mi-sol, re-fa-la, mi-sol-si. Casi no lo percibimos pero es la base. En la solemnidad de hoy, la Iglesia nos recuerda y celebramos este acorde de santidad.

Tres son las notas: Distinción- visión-manifestación

a) Distinción

La distinción se puede entender de muchas maneras. No se trata de ser distintos para ser más guays o ser hyper, o ser super.

¿Quién puede subir la montaña del Señor? Lo hemos oído del salmista. Es una frase estremecedora. Hace algunos años, cuando vivía en Roma, solía ir a una de las colinas, al Aventino, se ve el Tíber, parte de la ciudad de Roma. Un sitio extraordinario. Cogí el libro de los salmos por la página del salmo 23. Empecé a leerlo, ingenuo, sin saber muy bien. Y llegando a esta frase me tuve que detener. La frase me impactó tantísimo. Quizás porque en aquel momento era mi frase, el salmista expresaba en oración, la misma situación que vivía. Las dificultades de aquel momento, la angustia, el sufrimiento que me tocaba al ir a barrios de prostitución y drogadicción, el acompañar los dolores de nuestros hermanos y los míos propios. No, Señor, yo desfallezco, no tengo fuerzas, no tengo ánimos de tirar hacia delante, no puedo subir la montaña del Señor, tu montaña. Pero para mi sorpresa, el salmo continúa: quien tiene corazón sincero. Y el salmo continúa, hoy desafortunadamente no lo hemos leído en su totalidad, pero la segunda parte de este magnífico salmo dice: Abrid, las puertas al Rey. La segunda parte es dedicada a ese Rey, a ese Señor que es quien ha subido el primero a esa montaña y por ella nos ha dado a compartir su gloria, su participación a su vida en abundancia, a que no todo es resignación sino posibilidad. Pero ha sido Él primero, Jesucristo, Hijo de Dios, del Dios mismo que ha da querido compartir con sus criaturas su misma vida. Pero con diferencias. He aquí, la distinción. El saberse que no somos dioses, sino como expresa el libro del Génesis: “imagen y semejanza”. Invitados a subir a esa montaña de la reconciliación y del bien pero sabiendo que no hemos ni seremos los primeros. Esa montaña de la vida no es virgen. Ya ha sido subida por Aquél que nos amó hasta el extremo. Los santos, reconocidos y anónimos, nos lo muestran. Ellos se saben distintos, no por ser supers, o hypers, sino porque han reconocidos que no son ellos que viven en sí mismos sino es Dios, el primero y el último, Alfa y Omega, quien habita en ellos.

Primera nota: reconocernos que no somos como Dios, pero Él nos hace hijos y hermanos. Distinción.

b) Visión

La primera lectura comienza con la visión de las multitudes, de las naciones, de todos los pueblos, sin exclusión. Vestidos de blanco, purificados con la sangre del cordero. Un lenguaje que nos puede un poco asustar. Pero es el imaginario de la época. El libro del Apocalipsis es de una riqueza impresionante. El blanco es el Resucitado, el Espíritu del Dios vivo que hace apasionarse por el mundo, por el hermano, por la posibilidad, por la esperanza de seguir recogiendo las heridas propias y la de los demás y creando formas para sanarlas. El blanco del Espíritu es esa participación a la que somos llamados. Hemos sido reconciliados por Cristo, en sus gestos y sus palabras, en sus silencios y palabras, en su enseñar y en su actuar hasta el extremo, el gesto de su cuerpo y de su sangre. Como dice el profeta Isaías, “por sus heridas nos hemos curado”. Heridas que no dejan a nadie excluido. La visión de Juan es la visión de la reconciliación. La visión no es la fantasía. La visión es el modo de proceder de la esperanza, es el motor de sabernos movidos por el Cristo aunque suponga purificar las telarañas que llevamos dentro. En la Cruz, se encuentra la esperanza de la vida, porque Él nos ha dado la vida, y no nos deja resignarnos, y se lo hacemos es porque entonces no dejamos respirar al Espíritu que habita en nosotros.

c) Manifestación

Manifestar es revelar, es mostrar algo que hasta un momento determinado está latente, presente pero que se muestra en su plenitud. En Jesucristo, se nos manifiesta la verdadera humanidad. Aquella que viene descrita por el discurso de las Bienaventuranzas en el sermón de la montaña de Jesús. Bienaventuranzas, felices aquellos que…

Jesús nos muestra el camino de la santidad. El camino del acorde del santo: la distinción, la visión y la manifestación. El acorde, recuerdo, es algo que está en la base, algo realmente presente pero discreto. Discreción que no quiere decir falsas humildades. Pero discretos, discreción de aquellos que quieren renovar su deseo de ser santos, es decir, revelar el rostro más humano que tenemos. Humanidad más fraterna es posible, santidad entonces es más real. Quizás no reconocida. Pero la santidad no se busca ni se reconoce.

De alguna manera, lo que dijo el obispo Casaldáliga, quisiera que al final de mi vida tuviera un corazón lleno de nombres. Ni títulos, ni honores, ni carreras, ni méritos, nada… sólo nombres, sólo Dios basta, el basta de Santa Teresa.

Pensemos en ese acorde posible para todos nosotros. El acorde del reconocer que otro está el primero de nuestro camino, la visión de esa esperanza que nos mueve a trabajar y a trabajarnos en nuestra interioridad y finalmente, el manifestar poco a poco el verdadero rostro humano de Jesús en nosotros.

Ese es el acorde del santo, de la santidad, a la cual todos caminamos. Y en él, debemos poner nuestra fe, esperanza y profunda caridad.

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