21.1.12

IN TIME? O TIME OUT?

Hay una película americana que está teniendo un éxito publicitario y comercial impresionante. Se llama “In time”. “A tiempo”, sería la traducción castellana más acertada. Sin revelar la trama para aquéllos que todavía no la habéis visto, se trata de una ciudad organizada alrededor del tiempo. Los hombres y las mujeres tienen marcado en sus brazos el tiempo de vida el cual se va agotando. No existe el dinero. Sólo el tiempo. Las compras son realizadas descontando el tiempo de vida del brazo. Incluso hay un banco del tiempo y la ciudad se estructura en barrios, los cuáles como es suponer hay algunos que pueden conseguir más tiempo de vida que otros. Y así surgen las mafias.

Las lecturas de este domingo III del tiempo ordinario presentan un problema que ha preocupado siempre desde los más antiguos a la humanidad: la cuestión del tiempo, el tiempo, a tiempo. La pregunta es: ¿ a tiempo? o ¿fuera de tiempo?. In time? o Time out? En este domingo la propuesta es vivir “a tiempo”, la oportunidad, el momento oportuno, la ocasión. ¿Para qué? Para adentrarse en el Reino y el Reino es Cristo, y es Buena Noticia sin que sea una Eufórica Noticia. Buena Noticia es el mensaje bueno de quien a hecho eso que dice: Cristo, donación del Padre, dándose cumplimiento a su mensaje de humanidad.

Primer punto: el tiempo es la oportunidad de lo posible. El cumplimiento de la promesa y del tiempo. Y lo primero que nos preguntamos en este domingo es: ¿de qué se trata el cumplimiento? Cumplir una cosa es llenar una realidad vacía, ausente de alguna cosa, para que sea plena y obteniendo así su finalidad. Un ejemplo: cumplir un trabajo. Con un trabajo yo estoy llenando una realidad vacía de ese servicio y llenándola con este servicio aunque sea pagado, la persona se realiza. En España sabemos almenos, que la crisis ha aumentado los parados, y esto provoca fracasos de tanta gente con estudios y sin ellos, y no se ve realizada. Es un ejemplo para comprender qué es el cumplimiento: llenar una realidad vacía, y así dándole un sentido y obteniendo la finalidad para la cual se llena. Si lleno un vaso de agua, se obtiene la finalidad para la cuál es creado el “objeto” vaso: para que sea llenado.

La realidad, nuestra historia, nuestro día a día, está llamada a ser “llenada” del Reino para humanizar lo que Dios en Jesús Cristo nos ha venido a decir y a hacer. Y así dar sentido a la historia y al hombre: creados para servir y amar. Protagonistas de la historia y no simples espectadores. Protagonistas de nuestro día, de lo que vemos y de lo que oímos, de lo que decimos y de lo que hacemos. Por eso, el tiempo se ha cumplido. No un tiempo de una hora o de un segundo en concreto. No es el tiempo del reloj sino más bien “el momento oportuno” se cumple, la posibilidad del Reino se puede dar, se puede construir. No es una ilusión mágica. Es real. La vida debe ser “llenada” del Reino, debe ser empapada del Evangelio, de la Buena Noticia y no olvidemos que así comienza el evangelio de Marcos: Buena Noticia de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (Mc 1, 1). Así, cuando decimos que la vida debe ser rellenada del Evangelio estamos diciendo no sólo de unos valores sino de una persona: nuestra vida “llenada” de Jesús, el Cristo.

De esta manera, reconocemos nuestra sed de Él, nuestro vacío para que sea llenado por Él. Un decálogo de 10 vacíos podrían ser:

1. Vacío de libertad y de responsabilidad

2. Vacío de razón

3. Vacío de humanidad

4. Vacío de sentido

5. Vacío de realidad

6. Vacío del prójimo

7. Vacío de posibilidad

8. Vacío de transformación

9. Vacío de pasión

10. Vacío de resurrección

Segundo punto: el Reino está cerca, el Reino está entre vosotros, y el Reino es Cristo y lo que se desprende de Él. Elegirlo a Él es elegir una opción de vida por el Reino, de una cierta manera, profundamente y para siempre. Es así que llegamos a nuestro tercer punto, la conversión: el cambio hacia lo profundo porque lo elegimos a Él, a su manera.

Tercer punto: la conversión. El libro de Jonás es sugerente en este sentido. Nínive está llamada a “levantarse” (signo de la resurrección), a transformarse, a no dejarse resignar. Nínive es la contra-figura de Sodoma y Gomorra. Mientras Sodoma y Gomorra se ve convertida en cenizas por toda su inhumanidad, Nínive se transforma, se convierte, cambia, cree en la posibilidad de la promesa.


La cuestión de este domingo es clara: ¿a tiempo? o ¿fuera de tiempo? Jesús muestra ese tiempo oportuno, de la posibilidad, del cambio. Vivir a tiempo la posibilidad y no en el contratiempo del vacío.

14.1.12

HABITAR

Dice san Agustín: “sed lo que veis y recibid lo que sois” refiriéndose a la Eucaristía. Y san Pablo nos lo recuerda: ser miembros del Cuerpo de Cristo o Templos del Espíritu. Quizás estas expresiones quedan un tanto barrocas pero tienen una fuerza de lo que significa nuestra fe: estar con Él, habitar con Él. El Espíritu del Resucitado es el primer catequista, en este sentido. No tanto porque Él nos enseña sino porque en su sentido originario y original el Espíritu hace resonar en nosotros lo que somos. Él hace posible el encuentro y la interioridad. A este punto, es muy sugerente el icono de A. Roublev “La Trinidad”. Un fuerte icono de carga simbólica. Hay una expresión sorprendente entre los tres ángeles, las tres personas de la Trinidad en su diálogo de amor. Situados entorno de una mesa y de un cáliz donde se encuentra un cordero. El ángel de la derecha, testimonio del Espíritu, no mira a nadie, él es silencio. Él es la resonancia del diálogo entre el Padre y el Hijo. Es toda una invitación a la “inhabitación”, a habitar con Él. En otro sentido, se trata de la participación al Cuerpo de Cristo. Así lo pedimos en la plegaria eucarística después de las palabras de la narración institucional.

Es la fuerza de la Palabra en este II domingo del Tiempo Ordinario. Tantas veces vemos lo ordinario como rutinario y como una gran carga en nuestras vidas. Lo ordinario puede resultar esa piedra que lastra nuestra vida. Siempre lo mismo. Sin chispa. Sin novedad. Sin embargo, la novedad existe siempre, ella está allí, en lo ordinario. Es la invitación a vivir lo ordinario como extraordinario. Y alguien dirá: ¡qué fácil decirlo cuando es difícil vivirlo! Claro está. Ahí está la ocasión y la posibilidad de realizarlo cada uno en su momento. Por eso, después de unas fiestas de Navidad vividas más o menos con intensidad, lo ordinario nos adentra a percibir las sutilezas de la humanidad de Jesús en su camino de mostrar al Padre y su deseo de humanizar lo humanizable o como dicen en Oriente: divinizar al hombre. Darle un sentido de vida, vida en abundancia, de sentido y de significancia a lo que somos y, en consecuencia, en lo que hacemos. Es el deseo de Dios de adentrarnos en ese icono mencionado un poco más arriba, adentrarnos a participar en la vida de Dios, de encuentro y de interioridad. De mirar la vida más allá de los estragos y los estados críticos, más allá del cansancio y soledades desesperantes.

a) De Juan a Jesús: “He aquí, el Cordero de Dios”

Jesús se encontraba allí y Juan dice. Quiero detenerme en esos dos tiempos verbales. “Se encontraba” al imperfecto, algo pasado pero que queda, que continúa. Y “dice” al presente, ese momento actual, posible, del “ahora”. Dos tiempos que se encuentran en Juan y en Jesús. Y Juan vio a Jesús. No es simplemente el ver pasar las cosas superficialmente. Al contrario, se trata de “ver” como mirada profunda de quien se queda embobado, empapado, maravillado por lo que ve. Hay una intensidad visionaria. Concentración de la visión en Él, en aquél que comienza a llevar a la plenitud su misión y que interpela, maravilla a otros a seguirle. Y así fue, “lo siguieron”. Ése “lo siguieron” muestra hombres en búsqueda. Y estar en búsqueda no es fácil. Ni tan sólo consiste en continuamente cuestionarse el porqué de las cosas. Estar en búsqueda es un actitud de fondo. El mundo late con fuerza. Estar en búsqueda es salir de nuestro ser atomizado por las ocupaciones individuales para ir a una pre-ocupación por el o(O)tro. La única referencia no es la propia imagen sino el icono de la alteridad.

Y aquí es donde radica el ser profundo de las cosas, el preguntarse porqué, cómo, quién. ¿Habrá respuestas? Puede ser que sí o puede ser que no. Lo fundamental es vivir con esta tarea.

¿Y de qué se trata? De una búsqueda espiritual que no espiritualista. Una búsqueda del deseo de Dios presente en nuestra humanidad y redondez del mundo. Una búsqueda inagotable, sin problemas de sequedad. El agua nos la da Él presente en el pozo de la vida-siguiendo el icono de Jesús y la mujer samaritana narrado en el evangelio de San Juan-. Es difícil la tarea de buscar cuando nuestra realidad es querer controlar y conocer la finitud de la vida. Es difícil la tarea de buscar cuando nuestra realidad es vivir un carpe diem entendido en la no preocupación por un proyecto de vida. Es difícil la tarea de buscar cuando uno se encuentra satisfecho de todo y, a la vez de nada. Entonces, ¿para qué buscar?, ¿cómo crear la necesidad de búsqueda?

Estar en búsqueda es reconocer la gloria de las propias limitaciones como afirma San Pablo. La búsqueda del deseo de Dios nace justo cuando nuestra autonomía no coincide con la autosuficiencia sino cuando reconocemos que somos “imagen y semejanza” pero no únicos.

b) “Venid y lo veréis… y ellos se quedaron”

La pregunta “Qué buscáis” nos muestra dos aspectos. En primer lugar, la iniciativa viene de Jesús. No lo olvidemos. Él siempre se encuentra en ese camino y saliendo de allí nos pregunta. Él da el primer paso. Resuena la pregunta del Resucitado en Jn 20, 15 a la Magdalena: “Qué buscas”. En los dos casos, se busca algo equivocado: un lugar físico. Por eso, la respuesta de Jesús es: Venid y lo veréis. Venid, otra vez ese verbo tan importante en el evangelio de Juan: mirada profunda del creyente. Es como decir: Creed en mí. Estad conmigo.

c) Jesús y Simón Pedro

Encuentro particular, de persona a persona. Pedro, la “Roca”, metáfora a lo largo de la literatura sapiencial (cf. Salmos). Y Jesús da una palabra, un nombre. Él nombra: ese acto creador (cf. Génesis) y nombrando crea, dando el espíritu de vida, vida nueva. Dando vida.

Quizás hoy, las palabras de San Agustín no quedan tan lejanas: “sed lo que veis y recibid lo que sois”: el Cuerpo de Cristo. Él mismo. Sin más y sin menos. Esencia de nuestra existencia.

27.11.11

VELAD

Siempre que llega el Adviento no puedo dejar de olvidar ese cuento que me contaron cuando era pequeño. El zapatero siempre llega a mi recuerdo. El zapatero que en la noche a la luz de una pequeña vela chorreante de cera, sin más, sin nada más. Ese zapatero y en su vieja zapatería. Humildad, sencillez. Nada más. El zapatero eleva ese grito fuerte: Señor, mi Dios, ¡quiero encontrarte! ¿Dónde estás? Y del silencio, Dios responde: Hoy te visitaré. El zapatero enloquece de pasión. Nervios. Preparativos. La humildad del silencio de la noche se convierte en impaciencia por buscar el espectáculo de la venida de su Dios. Y el día comienza. Más, y más nervios. Y las tareas diarias comienzan. Un señor y una señora llaman a su puerta. El zapatero angustiado les atiende pero su mente y su corazón se encuentran eclipsados por la venida de su Dios. Les echa de forma brusca, él tiene que preparar un acontecimiento inaudito, inesperado, quiere prever todo, hasta el más insignificante de los detalles. La puerta llama. El zapatero quiere creer que es Él, el Dios que le ha anunciado su visita. Y se presenta un viejo conocido. No tiene tiempo. Preséntate otro día, por favor. Otro día. Oportunidad menospreciada. Oportunidad no reconocida. Y cierra la puerta. Esa puerta que espera estar abierta, se cierra. Más todavía, el timbre vuelve a sonar. Será Él, Él, ahora sí. Y el mendigo de todos los días le saluda. No, hoy no. Vuelve otro día, quizás mañana, ahora espero a Alguien inesperado. Y el día pasa, las horas y los minutos. Y vuelve la noche. El silencio de la noche más profunda a la luz de esa vela chorreante de cera. El zapatero decepcionado realiza la pregunta estremecedora: Señor, te he estado esperando, he querido prepararte tu visita inesperada, ¿por qué no has venido?, ¿por qué no estás? Y en la fina escucha del silencio de la noche, resuena en su interior la respuesta esperada: te he venido a visitar a lo largo del día, en las personas que han llamado a tu puerta. La visita inesperada de Dios es la visita esperada en lo que sucede en lo cotidiano.

Así es este tiempo litúrgico: una invitación a estar atentos a cómo Dios nos habla sin grandes espectáculos a lo largo de nuestras jornadas. La Palabra de este domingo nos lo recuerda.

a) Velad en el tiempo del presente

“Porque no sabéis cuándo el tiempo es” y “porque no sabéis cuándo el Señor viene”. Así son las traducciones del texto original en griego. En presente y no en futuro. Dos cosas acerca de cómo vivir el presente. En primer lugar, el problema del tiempo. El evangelio no utiliza la palabra ‘chrónos’ sino ‘kairós’. Perdonadme por esos tecnicismos pero resultan sumamente importantes. Chrónos es la palabra utilizada en griego para hablar del tiempo cronológico, fácil de medir por los minutos, los segundos, las horas, las estaciones, etc… Él era el dios griego que por miedo a ser destronado por uno de sus hijos, iba comiéndose a cada uno de ellos, devorándoles sin clemencia por ese miedo horrible a perder el poder, el status, la situación en la que estamos. El evangelio no se refiere a un tiempo medido, a un tiempo que calculamos, que prevemos con nuestra mentalidad práctica, tecnológica. Ipad’s, blackberrys, Iphone’s, nuestras agendas podrán controlarnos el tiempo cronológico pero no el tiempo del Kairós que el evangelio nos revela. Kairós es la palabra griega para designar ese tiempo oportuno, esa ocasión posible, esa posibilidad de apertura. Por eso el evangelio no cae en rutina ni el Adviento en otro tiempo a vivirlo y a pasarlo. Pasar de puntillas es lo típico del tiempo cronológico, que engulle que nos devora sin más sin ser hombres y mujeres de libertad, “arcilla” y obra de Dios. Vivimos en el tiempo cronológico del cansancio y de la desconfianza. Esto lleva al desinterés y a sobrevivir más que vivir. Y cuando uno se siente cansado, lo que viene es el insomnio. Ese estado de no imaginación ni de ocasiones de posibilidades abiertas. De aquí, el verbo insistente de este domingo I de Adviento: Velad. Algunas traducciones dicen “vigilad”. Velad es estar en vela. No es no dormir, como comprenderéis. Es aprovechar ese tiempo del “kairós”, estar receptivos en nuestro día a día a personas, acontecimientos y ver el paso de Dios en ellos. Por eso no sabemos el cuándo. Ya nos gustaría. Pero Dios no actúa así. Dios se presenta en el más fino de los silencios del día a día. Sin espectáculos (cfr. Historia de Elías, 1 Re 19, 9 ss).

En segundo lugar, “Velad”. Velar es tener la lámpara encendida, la mística de los ojos abiertos. Velar es esperar, es disponerse y no oponerse. Velar es un verbo, implica acción. Velar no es la espera aburrida y rutinaria. Velar implica que renuevo todo lo que hasta ahora creía, me dejo tocar el interior por lo que sucede en el día a día.

b) En la profunda noche hacia los destellos de lo que será el día

Por eso, la profunda noche (al atardecer, a medianoche) es el lugar de reconocer la obra del alfarero como dice el profeta Isaías. No podemos creer en espíritu y en verdad sino creamos el deseo de querer encontrar a Dios, de sentarnos ante una vela chorreante de cera como en el caso del viejo zapatero y contemplamos la vida vivida, la jornada pasada pero hecha presente en la memoria del día. Por eso la noche es el lugar del fino silencio, de la intimidad. Esa “soledad sonora” de San Juan de la Cruz en su cántico espiritual. No podemos resignarnos, hermanos y hermanos, a sobrevivir simplemente. El Adviento nos recuerda esa palabra “Velad” en el momento posible, en la ocasión que se os dará sin saberlo, sin buscarlo estratégicamente, sino gratuitamente.

Velad la vela de la esperanza

Velad la luz chorreante de la intimidad sonora

Sonidos de paso de Dios, sin espectáculos

Esperanza contra toda esperanza,

Posibilidad y no resignación.

Acoger el nacimiento del Dios vivo entre nosotros

Implica abrirse a la posibilidad, a la creatividad.

Velad, sostened el interior dado como obra de Dios.

El Lugar de los lugares para rastrear los pasos divinos

en los humanos. ¿Otro modo? ¿Por qué haberlo?

31.10.11

ACORDE DE SANTO

Sabemos que todo tipo de música, sea clásica o sea más alternativa, está compuesta de un acorde. Es la base. Do-mi-sol, re-fa-la, mi-sol-si. Casi no lo percibimos pero es la base. En la solemnidad de hoy, la Iglesia nos recuerda y celebramos este acorde de santidad.

Tres son las notas: Distinción- visión-manifestación

a) Distinción

La distinción se puede entender de muchas maneras. No se trata de ser distintos para ser más guays o ser hyper, o ser super.

¿Quién puede subir la montaña del Señor? Lo hemos oído del salmista. Es una frase estremecedora. Hace algunos años, cuando vivía en Roma, solía ir a una de las colinas, al Aventino, se ve el Tíber, parte de la ciudad de Roma. Un sitio extraordinario. Cogí el libro de los salmos por la página del salmo 23. Empecé a leerlo, ingenuo, sin saber muy bien. Y llegando a esta frase me tuve que detener. La frase me impactó tantísimo. Quizás porque en aquel momento era mi frase, el salmista expresaba en oración, la misma situación que vivía. Las dificultades de aquel momento, la angustia, el sufrimiento que me tocaba al ir a barrios de prostitución y drogadicción, el acompañar los dolores de nuestros hermanos y los míos propios. No, Señor, yo desfallezco, no tengo fuerzas, no tengo ánimos de tirar hacia delante, no puedo subir la montaña del Señor, tu montaña. Pero para mi sorpresa, el salmo continúa: quien tiene corazón sincero. Y el salmo continúa, hoy desafortunadamente no lo hemos leído en su totalidad, pero la segunda parte de este magnífico salmo dice: Abrid, las puertas al Rey. La segunda parte es dedicada a ese Rey, a ese Señor que es quien ha subido el primero a esa montaña y por ella nos ha dado a compartir su gloria, su participación a su vida en abundancia, a que no todo es resignación sino posibilidad. Pero ha sido Él primero, Jesucristo, Hijo de Dios, del Dios mismo que ha da querido compartir con sus criaturas su misma vida. Pero con diferencias. He aquí, la distinción. El saberse que no somos dioses, sino como expresa el libro del Génesis: “imagen y semejanza”. Invitados a subir a esa montaña de la reconciliación y del bien pero sabiendo que no hemos ni seremos los primeros. Esa montaña de la vida no es virgen. Ya ha sido subida por Aquél que nos amó hasta el extremo. Los santos, reconocidos y anónimos, nos lo muestran. Ellos se saben distintos, no por ser supers, o hypers, sino porque han reconocidos que no son ellos que viven en sí mismos sino es Dios, el primero y el último, Alfa y Omega, quien habita en ellos.

Primera nota: reconocernos que no somos como Dios, pero Él nos hace hijos y hermanos. Distinción.

b) Visión

La primera lectura comienza con la visión de las multitudes, de las naciones, de todos los pueblos, sin exclusión. Vestidos de blanco, purificados con la sangre del cordero. Un lenguaje que nos puede un poco asustar. Pero es el imaginario de la época. El libro del Apocalipsis es de una riqueza impresionante. El blanco es el Resucitado, el Espíritu del Dios vivo que hace apasionarse por el mundo, por el hermano, por la posibilidad, por la esperanza de seguir recogiendo las heridas propias y la de los demás y creando formas para sanarlas. El blanco del Espíritu es esa participación a la que somos llamados. Hemos sido reconciliados por Cristo, en sus gestos y sus palabras, en sus silencios y palabras, en su enseñar y en su actuar hasta el extremo, el gesto de su cuerpo y de su sangre. Como dice el profeta Isaías, “por sus heridas nos hemos curado”. Heridas que no dejan a nadie excluido. La visión de Juan es la visión de la reconciliación. La visión no es la fantasía. La visión es el modo de proceder de la esperanza, es el motor de sabernos movidos por el Cristo aunque suponga purificar las telarañas que llevamos dentro. En la Cruz, se encuentra la esperanza de la vida, porque Él nos ha dado la vida, y no nos deja resignarnos, y se lo hacemos es porque entonces no dejamos respirar al Espíritu que habita en nosotros.

c) Manifestación

Manifestar es revelar, es mostrar algo que hasta un momento determinado está latente, presente pero que se muestra en su plenitud. En Jesucristo, se nos manifiesta la verdadera humanidad. Aquella que viene descrita por el discurso de las Bienaventuranzas en el sermón de la montaña de Jesús. Bienaventuranzas, felices aquellos que…

Jesús nos muestra el camino de la santidad. El camino del acorde del santo: la distinción, la visión y la manifestación. El acorde, recuerdo, es algo que está en la base, algo realmente presente pero discreto. Discreción que no quiere decir falsas humildades. Pero discretos, discreción de aquellos que quieren renovar su deseo de ser santos, es decir, revelar el rostro más humano que tenemos. Humanidad más fraterna es posible, santidad entonces es más real. Quizás no reconocida. Pero la santidad no se busca ni se reconoce.

De alguna manera, lo que dijo el obispo Casaldáliga, quisiera que al final de mi vida tuviera un corazón lleno de nombres. Ni títulos, ni honores, ni carreras, ni méritos, nada… sólo nombres, sólo Dios basta, el basta de Santa Teresa.

Pensemos en ese acorde posible para todos nosotros. El acorde del reconocer que otro está el primero de nuestro camino, la visión de esa esperanza que nos mueve a trabajar y a trabajarnos en nuestra interioridad y finalmente, el manifestar poco a poco el verdadero rostro humano de Jesús en nosotros.

Ese es el acorde del santo, de la santidad, a la cual todos caminamos. Y en él, debemos poner nuestra fe, esperanza y profunda caridad.

30.10.11

OJOS ABIERTOS

Todo texto sin contexto es un pretexto.

Podría comenzar la homilía de este domingo haciendo alusión al evangelio: la cátedra de Moisés, las largas filacterias que nos ponemos, la cátedra de San Pedro, las dalmáticas y casullas de los sacerdotes, las mitras de los obispos, el incienso anacrónico, las sotanas y los alzacuellos que para unos es signo identitario y para otros signo de ortodoxia eclesial. Y hablar de la Iglesia más humilde. Perdónenme, esto sería demagogia e ideología de mercadillo. Fácil de comprar pero difícil de que sea fecundo. Incluso podría acabar: señores fieles, reunidos en esta asamblea de domingo, no existen ni llamen padres ni a los sacerdotes, ni madres a las religiosas, sólo uno es nuestro Padre. Bastante ingenuo, a mi entender.

Sin embargo, me acabo preguntando: ¿ es que la liturgia de este domingo sólo habla de los sacerdotes, de sus títulos y de lo que hacen y dejan de hacer? La respuesta es más bien, no. El Evangelio siempre es inclusivo y no exclusivo. No hay temática específica, hay revelación para todos. Por lo tanto, esta forma de comenzar la homilía sería un pretexto del texto sin contexto.

La segunda opción podría ser comenzar la homilía de este domingo haciendo alusión al evangelio a partir de la frase: “el que se humille será enaltecido y el que se enaltezca será humillado”. Esta forma de comenzar de alguna manera sería sospechosa. Evitar el resto del texto es otro pretexto. Es evitar tratar la dureza de aspectos que el evangelio proclama. Por miedo, por ignorancia, por “mejor no interesa a la asamblea reunida en este domingo”. Y un largo etcétera. Este tipo de homilía podría conducir a una espiritualidad, perdónenme la expresión, naif. Demasiado espiritualista. E incluso, diría más, demasiado moralista: hacer una invitación a la humillación para ser enaltecidos, sin saber ni cómo ni por quién ni cuándo. Llenaría la homilía con frases más o menos bonitos que inflaran los corazones de los presentes, efluvios emocionales, sin que tocase verdaderamente la palabra de Dios incluso al salir de esta celebración y durante toda la semana. Por lo tanto, esta forma de comenzar la homilía sería otro pretexto del texto sin contexto.

Tenemos unos textos que tienen un contexto. Me explico. No sólo hablo de un contexto social, religioso y político del siglo I. Sino también el contexto en el cual los textos vienen proclamados en nuestro siglo XXI. Hay dos contextos del texto. El primero, el contexto en el cual fueron elaborados y el segundo, el contexto en el cual vienen proclamados. No es el mismo y por lo tanto la recepción de estos textos no es la misma.

En primer lugar: contexto lejano. El Evangelio de Mateo va destinado a una comunidad cristiana de antigua tradición judía. Su lenguaje es evidente: cátedra, filacterias, Rabbí o Maestro. El Dios de Jesús es el Dios que viene a cumplir las promesas de todo el Antiguo Testamento y, en consecuencia, a cumplir toda Ley. En este cumplimiento no hay anulación de las leyes, pero hay una insistencia a saber discernir qué es lo más importante: Dios debe ser el corazón y no una imposición. Dios invita a la desposesión y no a la imposición. En esta desposesión de lo secundario, de lo realmente relativo, lleva a posicionarse al lado del Cristo quien de condición divina se abajo hasta la muerte y una muerte en cruz para ser enaltecido con el fin que toda nación proclame, Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre como nos lo recuerda el himno espléndido de San Pablo a los filipenses. Por eso, las palabras de Jesús son un intento de purificar a aquellos que realmente hacían hacer a los demás lo que ellos no practicaban. Quiere purificar la hipocresía de los escribas, sacerdotes y fariseos. Pero la intención es de purificar la hipocresía de todos los oyentes de las palabras de Jesús. A ellos nos les habla en círculos privados o íntimos. Las palabras de Jesús tocan no sólo a quienes se dirige directamente sino también a toda la “gente indirecta”. Y aquí, nosotros ya nos incluimos.

En segundo lugar, el contexto cercano. Nosotros. El texto viene proclamado hoy y aquí. Nuestro contexto es muy complejo pero querría resaltar dos aspectos: el olvido y la sed de referencia. Estamos en un momento de nuestras sociedades donde olvidamos el pasado, olvidamos el rostro de los que más sufren, incluso más de nosotros. Nuestras preocupaciones creemos que son durísimas y no nos ponemos en la piel de aquellos que incluso lo están pasando peor. Hay un olvido de las victimas. Y a la vez, hay una sed de referencia, de alguien a quien dirigirnos, a quien ver, de quien la coherencia y la credibilidad nos alimenten. Por eso, el evangelio de hoy es una gran osadía, es alimento para este olvido y esta sed de referencia. La clave la da San Pablo a la comunidad de Tesalonicenses: el Evangelio de Cristo, la Buena Noticia de Cristo. Todo el Evangelio se condensa en la figura de Cristo. El sacerdocio no tiene sentido sin el Cristo, sea el común de todo creyente por el bautismo, sea el ministerial. Es el Cristo quien nos recuerda, primero Dios. La pasión por Él es la memoria. Y Él es el referente de todos nuestros criterios.

Ninguna devoción o práctica religiosa tiene sentido sin dirigir nuestro corazón, alma y espíritu por Él. Lo hemos proclamado el domingo pasado.

¿Por qué rezamos? ¿Por qué ayudamos? Las preguntas deberían ser, amigos y amigas, sacerdotes y religiosos, para toda la Iglesia Universal: ¿Por quién rezamos? ¿Por quién ayudamos? Ese quien, es el evangelio de Cristo. Abajarse es dirigir la mirada al otro, renunciarse es salir de si mismo, hacer memoria del Otro. Abajarse es dejarse de mirar tanto los ombligos personales para levantar la cabeza y mirar a nuestro alrededor, allí donde se encuentra el Evangelio de Cristo, Cristo mismo. Él es el quién de todos. Llamados, pues, en este domingo, a ser místicos de los ojos abiertos, como decían el alemán Metz. Ojos abiertos os enaltecerán porque revelerán vuestra condición verdaderamente humana, aquella por quien se revela lo divino.

29.9.11

TROIS MOTS, THREE WORDS, TRES PARAULES

L’écoute de la tradition à la suit de la mémoire

Trois mots à retenir, à tenir ensemble.

D’abord, l’écoute. Le livre du Baruc, rédigé au retour de l’exile montre très bien le besoin du peuple d’Israël à rentrer dans cette écoute, l’écoute biblique. L’écoute qui montre le désir de recevoir quelqu’un de l’autre. L’écoute est obéissance. C’est le mot biblique parfois oublié parfois voulu d’être oublié. L’écoute nous réveille, l’écoute surveille et nous fait être vigilants, nous fait prendre soin des nos rapports. L’écoute de la voix du Seigneur, les traces de Dieu dans notre quotidien. L’écoute qui est aussi dans les moments de détresse et de méfiance. Certes, oui ! Écoute qui veille, écoute qui montre, écoute de silence, pourquoi pas !

Auditeurs de la Parole disait le théologien Rahner. Nous sommes appelés à être auditeurs. L’écoute n’est pas seulement être attentifs à une donnée informative. L’écoute est information, conformation et formation. Information de Celui qui nous montre la vie dans l’Esprit, formation à la suit de l’amour jusqu’au bout, contempler les traces de Dieu est contempler ma vie en face de Lui. Et conformation à vivre selon la Bonne Nouvelle.

En second lieu, la tradition. Attention, tradition n’est pas traditionalisme, ou le contraire de progressiste. Laissons-nous des idéologies. Tradition est livraison. Tradition est la donnée qui a été donné. Quelque chose que je reçois de quelqu’un. Message donné de son donateur. Voilà. Le mot « tradition » vient à se comprendre à travers le don. Le message de la Bonne Nouvelle n’est pas dans l’air. Il s’est fait chair. La tradition est le pèlerinage de tous les hommes et les femmes qui ont livré leurs vies au service de l’humanité et, en particulier, au service de l’Évangile pour faire progresser le Royaume et le chemin de l’Église vers la Jérusalem Céleste : vers la rencontre de l’humanisation entière et l’accomplissement de la rencontre des nations.

Finalement, mémoire. La mémoire des événements nous met en chemin. L’autre jour, j’ai appris un nouveau mot en français : "événementiel". Vivre la vie à l’écoute dans l’histoire est vivre de forme événementiel, à savoir, écouter tout ce qu’il s’agit dans la propre vie, dans la propre histoire. On ne peut pas oublier chers frères et chères sœurs. On ne peut pas tomber à croire que seulement vivons le présent immédiat. Nous sommes histoire, nous venons à poursuivre ceux qui nous ont précédé. Avancer dans l’histoire est d’avancer avec des autres et pour les générations qui viendront.

Écoute, tradition, mémoire. Laissons-nous toucher aujourd’hui pour ces trois mots, en demandant la grâce de vivre notre vie de forme événementiel, toujours à l’écoute, toujours au retour de notre propre exile pour aller vers Lui, l’événement toujours présent. Amen.

10.9.11

CUANDO EL PERDON NO SIGUE LA LOGICA DEL MERCADO

¿Qué es el perdón sino amar? Es ese amor real, encarnado. El otro día fui a ver la película de Almodóvar “La piel que habito”, la piel de la mentira y el resultado de los experimentos de un joven médico loco, sin rumbo. Ella le promete no irse nunca pero no perdona, le miente y lo asesina. El perdón es la locura de amar. Pone lo más profundo de nuestras entrañas. Pone todo nuestro corazón, toda nuestra persona porque toca lo herido que nos ha provocado la ofensa. Por eso, nos cuesta no tanto sino tantísimo, ese superlativo del amor.


La liturgia de este domingo nos propone entrar, ir entrando, piano piano, lentamente, en la lógica de la relación y no del mercado.

El mercado

Todos estamos inmersos en esta lógica, nos demos cuenta o no. Y no hay que tildarla moralmente de mala.¡No!. Sino ser conscientes de ella. Envueltos en el cambio, en los cotilleos y en la curiosidad destructiva.

Poner algo en un muro de Facebook “estoy aquí o estoy allá” puede suponer algo más que informar a todos tus amigos. Es esperar que alguien te dé una respuesta con un comentario o un “me gusta”. De nuestro comentario, de nuestra frase o foto colgada esperamos que alguien reaccione para satisfacer lo más primario de nosotros. Es la lógica del mercado. Esperar a que el otro me responda. Y esto no sólo se mueve en twitter, Facebook o algún chat sino también se inserta lentamente en nuestro tipo de ver la relaciones familiares y sociales. Y no diría en nuestra imagen de Dios, que lo acabamos haciendo un ídolo o un objeto a nuestro propio interés según si nos responde o no.

Por eso, ante el perdón en la lógica del mercado creemos que perdonamos pero no olvidamos como dice el dicho popular pero, en realidad, ni perdonamos ni amamos. Somos corteses o somos políticamente correctos para no dar habladurías.

La relación

La sabiduría de la primera de la lectura y de San Pablo en su carta a los romanos nos conduce a la misma lógica proclamada en el evangelio: entrar en la difícil pero imposible tarea de la lógica de la relación enraizada en el perdón, el amor más extremo. Una relación en que el otro incluso en su ofensa no es digno de nuestro juicio precipitado. Ese juicio demoledor de anularle de nuestras vidas, ese juicio que desplaza al otro como un cero a la izquierda. ¿Por qué? Porque nosotros mismos hemos sido amados en el perdón del mismo Dios en Jesucristo, porque en Cristo, esos brazos extendidos sin extremo son donadores de misericordia. Y como dijo Caterina de Siena: “la misericordia es la perla de la misma justicia”. La respuesta al mal con el bien. Yo me he sentido amado por Él, ¿por qué entonces responder yo al mal con el mal? Difícil pero no imposible. Creer en esta lógica es tener la esperanza de caminar en la lógica del perdón, del amar. Por esos vivimos para el Señor y morimos para el Señor. Una vida dedicada a esta lógica, a este deseo al menos de desear esta lógica, nuestra salvación. Una relación optada por Jesús. Os dejo con la palabras de la Madre Teresa, palabras que resuenan en la lógica de quien perdona y ama. Tantas veces como sea posible. ¿Por qué probar como los fariseos a saber cuántas veces? El perdón no es mercado, no es cambio a cambio. No es un punto del Ibex. Es relación. Es sabiduría. Es profundidad. Es ir más allá de resistencias seas las que sean.

Jesús es la palabra que nos habla,

Jesús es la verdad que se nos dice,

Jesús es el camino a recorrer,

la luz que se enciende, la vida para ser vivida.

Jesús es el amor de ser amado,

Jesús es la alegría de compartir,

es el sacrificio que se ofrece,

la Paz que se ha dado, el Pan de vida.

Jesús es el hambre de ser alimentado,

es la sed de ser saciados,

Jesús es el desnudo que vestido,

es hogar.

Jesús es el enfermo para ser sanado,

es la soledad para ser amada.

Jesús es el ciego que lo llevó,

Jesús es el marginado

es el lisiado que camina con Él,

el prisionero que le visitarán,

el viejo para ser servido.

Jesús es el deseado ser querido,

Jesús es el leproso al cual se le lava,

es el mendigo a darle una sonrisa,

El drogadicto para ser amigo de él,

la prostituta para eliminar el peligro,

y ser amigo de ella en Cristo.

Jesús es mi Dios y mi Esposo

Jesús es mi vida y mi único amor

Jesús es mi todo en todo

Es mi todo, en Jesús todo.